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En los últimos tres años, he impartido un maravilloso taller en Oaxaca
durante las famosas fiestas mexicanas de los Días de los Muertos.
Adoro esta intensa y delicada relación que tienen con los difuntos.
Es una tradición muy especial en su aparente sencillez.
Después del dolor, una nueva fase se establece entre
los vivos y los difuntos, como si los últimos estuviesen
aún aquí, y en realidad están en el
corazón y el espíritu de sus familiares.
A parte de visitar los numerosos cementerios llenos de gente tanto de día como
de noche, hemos tenido un generoso permiso para fotografiar el matadero más
grande de la ciudad.
Cada año, dedicando el mismo tiempo a las áreas porcina y bovina, trato de
captar imágenes que expresen este fascinante infierno.
En mi trabajo, me gusta que se establezca una cierta distancia entre el momento
del disparo y el escrutinio de los resultados.
Después de tres años de mirar simplemente las hojas de contactos
y las pequeñas ampliaciones de trabajo de 5x7 pulgadas, he tenido el deseo
y el tiempo de hacer algunas copias más grandes en papel de fibra.
Observando intensamente estas imágenes en todos estos meses, he comprendido que
el trabajo refleja mi manera de mirar a la vida y a la muerte, dos temas recurrentes desde
siempre en mi carrera fotográfica.
Estas fotografías me han dado conciencia de que estos importantes aspectos de
nuestra existencia pueden devenir un nuevo proyecto a largo plazo. La fotos mexicanas
se podrán mezclar con otras imágenes existentes (editadas o parcialmente editadas)
sacadas en Cuba, Ecuador, Perú y otros lugares en estos años, y con nuevas imágenes
en devenir donde el destino me llevará, donde cada día la vida se revela delante de mis ojos
de niño.
Ernesto Bazan
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