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Grupo Emotionally Attached
Al comienzo de nuestros tours cotidianos en el valle Sagrado, con los Andes recubiertos de nieve
como trasfondo, le pedí a mis alumnos de dejarme ocupar el asiento delantero. No lo hice
para tener una mejor vista de este gran espectáculo natural. Expliqué que desde
allí logro ver mejor algunas de las epifanías de vida cotidiana que se deparan
delante de nosotros. Con el rabo del ojo vi otra matanza de cerdos que después nos
llevó a visitar la casa de la gente el día de la fiesta; desde esta
posición privilegiada vi las mujeres que coloreaban su lana inmergiéndola en
una grande olla humeante llena de hojas de eucaliptos.
El año pasado, tuve el atrevimiento de afirmar que el taller peruano había sido
el mejor. Ahora me pregunto si la gente me creerá si este año diré que ha
sido, sin duda alguna, mucho mejor.
Pero como puedo contar con las lindas fotos sacadas por mis alumnos y por sus comentarios,
tendré la audacia de afirmarlo. Más enseño, más regreso a los mismos
parajes, más me doy cuenta de la importancia de mi predicación: necesitamos regresar
a los mismos lugares no solamente por que siempre serán diferentes y nos brindarán
una miríada de nuevas oportunidades fotográficas, sino también por que
mi conocimiento de lo que nos espera por fotografiar ayudará a mis estudiantes y a mi a
sacar fotos mejores.
Durante mi cuarto taller en Perú, he guiado como nunca mis estudiantes a buscar momentos
especiales para capturar en imágenes. Me siento bendecido y no lo tomo por sentado: sé,
en la parte más profunda de mi alma, que está destinado que sea así.
El motivo por el cual llamamos el grupo Pegados Emocionalmente no requiere explicación.
NOSOTROS, los fotógrafos, tenemos esta tendencia a ser así. Aún no he
podido ver mis fotos y seguro estaré emocionalmente pegado a algunas de ellas, pero
solamente admirando el trabajo de mis estudiantes estoy dispuesto a ser optimista. Veremos!
¿ Como puedo de toda forma olvidar los mágicos momentos que hemos tenido el
privilegio de presenciar diariamente? Recuerdo aún vívidamente cuando Luda y
yo nos encontramos delante de nuestros ojos aquellas dos niñitas lamiendo y mascando
respectivamente su chupa chupa y un chicle con aquellas expresiones intensas en sus rostros,
mientras atrás unos bailarines encapuchados esparcían una nube de incienso
hacia el cielo. Y como olvidar aquel llama en el rincón derecho en alto que nos
continuaba a mirar como si estuviera diciéndonos: “Por favor sáquenme
fotos, no me dejen afuera”. Mágicos momentos sencillos que nos hacen apreciar
la vida a nuestros alrededores.
De esta situación fotográfica, durante la sesión de edición, Luda
tenia cuatros buenas fotos entres las cuales escoger. No fue fácil tomar una decisión,
pero al final escogimos una. Anden a echar un vistazo y juzguen ustedes. Comparando las fotografías
tomadas por Ludmila durante el taller recién pasado de la Pascua en Sicilia, su nuevo trabajo es
mucho más complejo y intimo. Ella lo sabe y sonríe.
Puedo decir también de sentirme muy orgulloso de las imagines creadas por Chad y Giorgio. Al
final de estos diez días memorables, les dije de mirar sus nuevas fotos y de compararlas con
aquellas que habían traído. Chad ya me dijo que regresará el próximo año.
Giorgio me ha escogido como su mentor. En los próximos seis meses seguirá otros cuatros talleres
y tomara clases particulares de edición.
La vida nunca es la misma y tampoco nuestras fotos. Le pido de acordárse de esto: es uno de los secretos mejor
guardados de la fotografía callejera.
Ernesto Bazan
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